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Evitar la declaración de una vivienda de alquiler no resulta rentable ni al propietario del inmueble ni al arrendatario. Y es que el ahorro que puede suponer en un primer momento será poca recompensa si Hacienda decide poner la lupa en su patrimonio.

Además, la compra o el alquiler de una vivienda son dos de las partidas que cuentan con más deducciones en la declaración de la Renta, por ello conviene no olvidar reflejarlas, puesto que alcanzan el 60% de los ingresos obtenidos durante 2017, según la última Ley del IRPF.

Eso sí, siempre y cuando se trata de la vivienda habitual y no de una residencia de verano o una oficina, en estos casos no se aplican reducciones.

El dueño de la propiedad tiene que restar más conceptos como el pago de la comunidad o las mejoras o reparaciones que se hayan realizado en el inmueble o los intereses de la hipoteca

Pero el ahorro no se queda ahí, sino que también son deducibles tasas como las de la basura y la limpieza, el IBI y otros tributos. También los gastos de formalización del arrendamiento, las cuantías referentes a los pagos de suministros que haya abonado en propietario o los contratos de seguros, entre otros. Estos gastos pueden rondar entre el 15% y el 20% de lo que el propietario recibe del arrendatario.

Aunque a veces resulte complicado, se recomienda guardar facturas y recibos de todos los gastos que generen estas viviendas, ya que aunque no haya que adjuntarlos a la declaración, el fisco puede solicitarlos si lo considera oportuno.

Los contribuyentes tienen que tributar por todas las viviendas en propiedad y las que no suponen su residencia habitual ni están alquiladas, no generan rendimientos del capital inmobiliario, se les aplica una imputación de renta inmobiliaria.

Fuente: Libre Mercado

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